Borja Ruete

Mi sitio en la red

Tag: microrrelato

Quien arena nace arena muere

Moro entre el azul del cielo y el azul del océano, al calor del sol, bajo el frío de la noche estrellada. Escucho el rugir del viento, el crepitar de las ramas al quebrarse, el graznar animado de un gaviota argéntea. Veo pasar los años, las décadas y los siglos sin moverme del sitio, siempre encaramada sobre peces y plantas marinas. Soy, se puede decir, criatura de dos mundos, como la sirena. De la tierra y del mar, mitad y mitad, parte sobre terreno firme; parte sumergida en las aguas. Y mientras tanto, el tiempo no se ha detenido, me ha mordido y desgastado sin piedad, porque yo, aunque dura, estoy condenada a desaparecer, o mejor dicho, a formar parte de otros sedimentos. La espuma de las olas toca mi cuerpo, lo erosiona, lentamente, sin descanso, me devora. Poco a poco me hago más pequeña, me convierto en polvo, paso a formar parte del mismo océano que me engendró.

Quien arena nace arena muere. Quien roca es, arena se vuelve. Quien vive, muere.

Una bala perdida

Dos dedos amarillentos por la nicotina sostienen un cigarrillo recién prendido. Se mueven mecánicamente hacia la boca, hasta quedar suspendidos a la altura de los labios. El soldado absorbe el humo, inquieto, lo sostiene en los pulmones durante unos segundos y lo deja salir con parsimonia. La nube emprende el vuelo, observa la fotografía desde el privilegio de su vista panorámica, se fusiona con los vapores de la guerra, y a merced del viento, culebrea por el campo de batalla.

Desde arriba lo ve todo: las trincheras, los cascajos, la enfermedad, la sangre, la mierda, la muerte y los cadáveres. Escucha gritos, de los de unos y de los de otros. Las voces de los generales, que mueven sus peones por el tablero. Los disparos atronadores, las bombas, los llantos. Lágrimas cortadas por el frío, que atenaza los huesos y quiebra los sentidos. La lluvia sobre los cascos, inclemente, incesante: moja la ropa, las botas, los interiores; un plic, plic, plic que nos lleva a la locura, a desear que todo se detenga, que miles de corazones digan «basta» a la vez.

El cigarrillo mengua, como el fuego que consume la madera. Se hace pequeño, va muriendo, al igual que la vida misma, en unos segundos, quizá milésimas de segundo. Lo que está deja de estar. La bala perdida perfora el cráneo, penetra en el cerebro, queda encallada en el alma, en lo que nos hace humanos, en la razón y en los sentimientos. El cuerpo del soldado cae hacia un lado, con la mano derecha tocando el barro. La colilla emite su último destello carmesí, y con ese definitivo fulgor de vida, se apaga para siempre.

Cementerio de elefantes

La edad, los achaques; cuerpo marchito, anochecer de la vida. Pasito a pasito, el anciano camina hacia su destino, el ocaso del sendero. Los años a sus espaldas pesan como losas de duro marfil. La trompa pinocho, rugosa cual corteza de árbol, se arrastra por el suelo, con la testa ligeramente cabizbaja pero orgullosa. Ya no es uno de los líderes de la manada, pero los elefantes, respetuosos con sus veteranos, le permiten gobernar el cementerio, que como el Viejo Continente, se cimenta sobre huesos apilados y cenizas de gloria. Allí descansan los restos de los que nadie quiere: los Pepiños, Estepons o Dolors, ejemplares que lo fueron todo en el pasado y que luego se encaminaron hacia su retiro dorado. Lo mismo hará Jorgito, que resurge como las ratas de las cloacas del interior profundo, y se prepara para su último periplo. Lo que le quede, le quedará mandando, aunque sea en un cementerio de elefantes.

Sin exequias en Nanga Parbat

Siempre me creí invencible. Después de todo, a los voluntariosos la muerte nos rehuye. Se aleja de nosotros, los fuertes, para fijar su atención en ellos, los débiles. He subido ochomiles y participado en las expediciones más peligrosas, pero he salido indemne de todas ellas. Con todo, reconozco que alguna cicatriz se dibuja en mi cuerpo, que como un lienzo en el museo, cincela los trazos de un pasado de gloria.

Los que no tememos a la muerte tendemos a la arrogancia, a mirar al resto llenos de desprecio y a vanagloriarnos con el pecho henchido de gozo. Pero el miedo, lo entiendo ahora, es un mecanismo de defensa valioso. Sabía que Nanga Parbat se había alimentado de las vidas de 85 montañeros, 86 si contamos a mi compañera. Pero me la sudó, nunca pensé que yo fuera a ser un número más, el 87, ni más ni menos. Y coño, ni siquiera es una cifra bonita, habría preferido algo más redondo, tal vez un 90 o un 100. Porque ¿quién cojones se acuerda del ochenta y tantos?

Si morir es una puta mierda, hacerlo solo y medio sepultado en la nieve, joder, ¡qué lento y doloroso! El alud se llevó a Roberta en milésimas de segundo, visto y no visto. Yo me encontraba más abajo cuando la ola cayó sobre nosotros. El hórrido demonio blanco se batió sobre nuestras cabezas y descendió con la fuerza del mil Hércules divinos. De pronto, me quedé sin respiración, casi inconsciente. Boqueé, tragué nieve y sentí que la vida escapaba de mi maltrecho cuerpo. Bien habría hecho en morir allí mismo. En lugar de eso, luché por salir: el aire volvió a entrar en los pulmones.

Escribo mis últimas palabras congelado, ya casi no puedo coger el bolígrafo. Las piernas no responden, se han partido como finas ramas en un día de viento. La sangre, helada, fluye por mi rostro y el torso, adherido a una ropa que ni calienta ni contribuye a mejorar el bienestar en este tránsito. Ahora sí, el terror me embarga, ¡oh, lágrimas! Dejo de ver, dejo de sentir, me arrepiento, me arrep…nto. ¡No qui..ro…mor…!

A día de hoy, el cuerpo de John Svensson no ha podido ser rescatado, se halla bajo el hielo. La carta, en cambio, apareció de manera inexplicable.

Pasajeros al tren

La gente se apretuja a las mañanas, corre escaleras abajo y se enfada en silencio o a viva voz. Con los móviles en las manos y las miradas fijas en la pantalla, las personas anónimas vagan como autómatas. Los que van acompañados intercambian alguna que otra palabra, que se pierde entre las voces cruzadas.

En esa estación, en cualquier estación, yo soy uno más, otro viajero que sube al tren y que se dirige a un destino incierto. Entro en el vagón después de que unos desconocidos salgan. Las almas impacientes se internan en el interior nada más abrirse las puertas. Me agarro como puedo, agobiado por el calor de decenas de cuerpos constreñidos. El traqueteo retumbante se mezcla con las palabras, que chocan como dos trenes de alta velocidad. Unos pasajeros dormitan; otros escuchan música en silencio; algunos, incluso, lo hacen para todos los pasajeros, porque total, ¿a quién le importa que no usen cascos?

Hay una pareja de ancianos que no encuentra sitio para sentarse, pero después de unas cuantas paradas, alguien cede su lugar. Se posiciona junto a las puertas, justo cuando entran los músicos, que tocan su canción en una atmósfera de total indiferencia. La misma que se produce cuando alguien pide limosna, pues la generosidad tiene un límite y la desconfianza ha plantado su semilla.

«Próxima estación, Príncipe Pío», anuncia una voz pregrabada. Pulso el botón y salto al océano, me convierto en otro pez de los infinitos mares, en uno más, sin nombre ni personalidad.

La colmena y el avispero

Allá va la obrerita, alas batientes, trabajadora incansable, poliniza que poliniza. Se acerca a las flores y absorbe su dulce néctar, fruto de vida y alimento de dioses. Poquito a poco transporta la valiosa mercancía, llega a casa exhausta y se reúne con sus compañeras obreras. Los zánganos copulan; la abeja reina, pare que te pare. Mientras tanto, la obrerita construye panales, que como neuronas en sinapsis, conforman la colmena, un lugar en el que todos tienen su rol bien aprendido. La miel pegajosa unifica las conexiones neuronales, el pensamiento, lo que mueve al corazón y a las acciones. A veces, todas las colmenas se ponen de acuerdo, sus consciencias fluyen en una misma dirección y siguen los dictados impuestos sin cuestionar las órdenes: lo llaman «mente colmena».

Bajo su dictadura, las palabras hieren como aguijones afilados. Su pérfido veneno es dorado como la miel, no distingue ni de colores ni de claroscuros, pero penetra hasta el fondo de las entrañas. «La verdad es nuestra, la discrepancia no existe». Vuela que te vuela, las hermosas abejas se topan con el enemigo, que osa cuestionar las leyes universales, «¡quién se atreviera!». Confusas y enfadadas, se menean alborozadas, planean iracundas, indignadas por el desagravio. Entonces, atisban el avispero en la rama del árbol. Sin pensarlo dos veces, lo azuzan con violencia desmedida, conducidas por la emoción, que no por el seso. Las avispas asiáticas zumban en el interior, preparan sus armas letales y salen como un ejército en desbandada. En pocos segundos, la víctima sucumbe al enjambre, que cae sobre él con la verborrea de miles de alas. La colmena se vanagloria desde la lejanía, ya que ignora que las avispas, una vez azuzado el avispero, desdeñan a aliados y enemigos por igual. Cuando acaban con uno, se dan la vuelta y traicionan al otro. ¡Ay las abejitas, muere que te muere!

Libertad, la que yo dicto

Suena el despertador, comienza la rutina: hago una visita al baño, desayuno, me doy un duchazo y visto mi mejor americana. Una vez preparado, cuando las agujas del reloj marcan las nueve en punto, dejo de leer las noticias y cojo el maletín de trabajo. Sin perder un segundo, pulso el botón del ascensor, impaciente. Lo oigo subir piso a piso, con parsimonia. Ting tong, las puertas se abren de par en par. Entonces bajo al garaje, donde me espera el coche oficial. Esta mañana no intercambio demasiadas palabras con José, el chófer que me asignaron al empezar la legislatura. Alguna frase cordial y un par de comentarios sobre los nubarrones, los que se perfilan en el cielo contaminado de Madrid y los que se ciernen sobre el Congreso de los Diputados. Se avecina una sesión crispada y de acusaciones cruzadas entre los distintos partidos políticos. Nada nuevo, el panem et circenses de la política, la lucha diaria por el control y por la hegemonía de las ideas.

Seis columnas de orden corintio adornan el antiguo convento del Espíritu Santo, reconvertido en el Palacio de las Cortes, una preciosa obra arquitectónica de estilo neoclásico. Dos leones fieros, estatuas inmortalizadas en piedra, custodian las puertas de “La casa de todos los españoles”, el hogar de la democracia, el lugar donde los representantes del pueblo hablan y deciden por todos sus ciudadanos. «Más palabrería que otra cosa», pienso yo, viejo veterano y conocedor de los vericuetos del poder.

Sostengo el discurso en las manos, aunque lo he memorizado al dedillo. Nada más entrar en el Congreso, caen las primeras gotas de lluvia, que se precipitan de manera violenta contra el techo del edificio. ¡Y cómo se escucha! Parecen piedras de duro granizo. La misma tormenta marrullera truena en el interior, con toda sus señorías graznando como cuervos iracundos bajo los relámpagos efectistas de la retótica de unos y de otros. La presidenta del Congreso trata, en vano, de levantarse sobre las voces estridentes que se culpan unas a otras de los males del reino. Mientras, yo, abogo por la libertad, y así se lo hago saber a mis rivales políticos. «¿Pero qué es la libertad?», nos preguntamos todos. «La libertad es todo lo que no choca con nuestra visión del mundo».

© 2019 Borja Ruete

Theme by Anders NorenUp ↑

Ir a la barra de herramientas