Borja Ruete

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Category: Sociedad

Desde mi balcón

No deja de sorprenderme que hace apenas unos días, todos estuviéramos en las calles, llenando bares, en compañía de amistades y familia. De fondo, el runrun del coronavirus: que si alguien en la empresa se había contagiado, que si era una simple gripe, que si solo los mayores debían temer la virulencia del COVID-19. Un viernes discutíamos sobre un cumpleaños; un lunes estábamos encerrados, con los planes a medio trazar y en situación de alarma colectiva. Los supermercados en cola y los coches cada vez más silenciosos.

Desde mi balcón no veo un jardín lleno de flores, tampoco las calles vacías. No hay árboles ni palomas revoltosas, ni siquiera una carretera ruidosa. Me asomo y atisbo los bloques de ventanas que rodean el patio interior de los edificios, todos ellos con diferentes tonos de amarillo y marrón. Algún tiesto rebosa vida vegetal en el espacio de mis vecinos; una bandera española a media asta quiebra la monotonía del paisaje, coronado por antenas y hierros retorcidos.

El lugar, contagiado por la quietud angustiosa de las circunstancias, rompe su silencio todas las tardes a las 20:00, cuando desde mi balcón escucho el estruendo de aplausos, el Resistiré del Dúo Dinámico y la algarabía que demuestra que al menos en esto, todos estamos en el mismo balcón.

Hoy, poco de eso importa

Nunca pensé que algo así pudiera ocurrir. Vivíamos rodeados de una barrera fina, acristalada, con grietas invisibles, incluso para muchas de las voces cortantes que ahora gritan por todo lo alto eso del ‘ya os lo dije’. En nuestro mundo artificial, una pandemia era inimaginable, porque eso solo ocurre en sociedades lejanas, las del tercer mundo, aquellas que no tienen dinero ni un bocado que llevarse a la boca.

Hace apenas una semana, planificábamos los cumpleaños, pensábamos en la película que se iba a estrenar en los cines, disfrutábamos del vermut de los viernes, nos quejábamos de jefes, del vecino idiota que no nos había saludado, de las incomodidades del metro. Bromeábamos, ¡vaya que sí bromeábamos! Después de todo, ese coronavirus no nos iba a afectar, era cosa de los chinos. Aquí lo controlaríamos y todo seguiría como hasta ahora.

Pero hoy, poco de eso importa. El sueño se ha desvanecido, la realidad nos ha dado un bofetón en la cara. Los que todavía andan bajo el sopor de su duermevela mental, los insolidarios, los egoistas, los que se saltan la cuarentena y se creen con derecho a poner en peligro al resto…a todos esos les digo basta, es suficiente, reflexionad aunque sea por un momento.

El ayer fue el ayer, un pasado de burbujas de vidrio. Hoy, poco de eso importa. A partir de ahora, tendremos que construir una nueva realidad.

11 M

Resulta paradójico que un día de desgracia colectiva comenzara como una jornada jovial de diversión frívola. Recuerdo aquél 11 de marzo como si fuera hoy. En mi cabeza se proyectan imágenes vívidas de lo acaecido, también de las horas posteriores: manifestaciones, incertidumbre y mentiras del Gobierno, que a pocos días de las elecciones generales, decidió tapar la verdad para evitar lo inevitable.

Hace quince años cogí un autobús junto a mis compañeros de clase. Como todos, ignoraba lo que pocas horas más tarde iba a ocurrir. Llegamos a la parada de madrugada, pues el colegio había organizado una escapada a Formigal. Alquilamos el equipo de esquí en Jaca y poco después empezamos a deslizarnos por pendientes nevadas, entre risas y cachondeo. Nos carcajeamos al ver caer a compañeros, que encajaban como podían aquellas pequeñas humillaciones. Yo mismo mordí la nieve: perdí el control y me precipité a toda velocidad, cuesta abajo. Los esquís salieron volando y quedé tendido en ese blanco traicionero. Rápido, avergonzado, traté de maquillar la situación, pero las voces de mis compañeros se acercaron y fueron testigos de la esperpéntica fotografía.

“Han explotado unas bombas en el metro de Madrid, dicen que ha sido ETA”, comentó una compañera alterada. Así nos enteramos de que algo terrible había sucedido en la capital. De pronto, las voces enmudecieron, se apagaron como velas en una ventisca. Las chanzas y el jolgorio habían llegado a su fin. “Ha sido ETA, ha sido ETA”, repetían desde Moncloa. Las imágenes de televisión nos devolvieron una estampa de terror. Amasijos de metal se entreveraban en nudos imposibles. Espasmos y gritos, confusión, solidaridad y muerte. 190 personas perdieron la vida en los atentados y más de 1000 resultaron heridas, física y psicológicamente. Las lesiones no se han cerrado y probablemente nunca lo hagan del todo. A esto contribuyó el ejecutivo de Aznar, que pensó en el poder antes que en los ciudadanos. “Con este gobierno vamos de culo”, gritaban los manifestantes, entre los que me encontraba.

El 11 de marzo de 2004 todos perdimos, de una u otra manera. Pero de la desgracia surgió una unidad que pocas veces se ha visto en un país tan invertebrado como España. La ciudadanía salió a la calle, unida por un mismo sentimiento, el del dolor. Quince años después, las cicatrices permanecen cinceladas en la piel. No debemos taparlas, busquemos en ellas el pasado y aprendamos de los errores. Hoy más que nunca, el recuerdo del 11 M debe estar presente.

Hanami: flores de ayer y de hoy

hanamiFuente de la imagen

La primavera es una estación importante en Japón. Es el momento en el que uno de sus grandes símbolos, el cerezo, florece antes de recuperar su pelaje verdoso. Suele ocurrir en marzo o principios de abril, dependiendo de las temperaturas (en Okinawa lo hace antes debido al clima tropical). Durante no más de una semana, los tonos rosáceos y áureos colorean un paisaje lleno de vitalidad. Los suelos quedan decorados con una alfombra de flores que sobrevuela a ritmo de viento templado.

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¿Atentados de primera y de segunda?

jesuisparis

El pasado martes se perpetró otro repugnante atentado yihadista en suelo europeo. La alerta sobre posibles ataques terroristas llevaba activa desde los acontecimientos de París. Sin embargo, una vez más, las excepcionales medidas de seguridad han sido burladas por un atajo de ignorantes dispuestos a todo. Y es que cuando alguien está preparado para inmolarse y causar la mayor masacre posible, la seguridad total queda fuera de cualquier ecuación.

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