Borja Ruete

Mi sitio en la red

Category: Ficción (page 2 of 2)

La colmena y el avispero

Allá va la obrerita, alas batientes, trabajadora incansable, poliniza que poliniza. Se acerca a las flores y absorbe su dulce néctar, fruto de vida y alimento de dioses. Poquito a poco transporta la valiosa mercancía, llega a casa exhausta y se reúne con sus compañeras obreras. Los zánganos copulan; la abeja reina, pare que te pare. Mientras tanto, la obrerita construye panales, que como neuronas en sinapsis, conforman la colmena, un lugar en el que todos tienen su rol bien aprendido. La miel pegajosa unifica las conexiones neuronales, el pensamiento, lo que mueve al corazón y a las acciones. A veces, todas las colmenas se ponen de acuerdo, sus consciencias fluyen en una misma dirección y siguen los dictados impuestos sin cuestionar las órdenes: lo llaman «mente colmena».

Bajo su dictadura, las palabras hieren como aguijones afilados. Su pérfido veneno es dorado como la miel, no distingue ni de colores ni de claroscuros, pero penetra hasta el fondo de las entrañas. «La verdad es nuestra, la discrepancia no existe». Vuela que te vuela, las hermosas abejas se topan con el enemigo, que osa cuestionar las leyes universales, «¡quién se atreviera!». Confusas y enfadadas, se menean alborozadas, planean iracundas, indignadas por el desagravio. Entonces, atisban el avispero en la rama del árbol. Sin pensarlo dos veces, lo azuzan con violencia desmedida, conducidas por la emoción, que no por el seso. Las avispas asiáticas zumban en el interior, preparan sus armas letales y salen como un ejército en desbandada. En pocos segundos, la víctima sucumbe al enjambre, que cae sobre él con la verborrea de miles de alas. La colmena se vanagloria desde la lejanía, ya que ignora que las avispas, una vez azuzado el avispero, desdeñan a aliados y enemigos por igual. Cuando acaban con uno, se dan la vuelta y traicionan al otro. ¡Ay las abejitas, muere que te muere!

Libertad, la que yo dicto

Suena el despertador, comienza la rutina: hago una visita al baño, desayuno, me doy un duchazo y visto mi mejor americana. Una vez preparado, cuando las agujas del reloj marcan las nueve en punto, dejo de leer las noticias y cojo el maletín de trabajo. Sin perder un segundo, pulso el botón del ascensor, impaciente. Lo oigo subir piso a piso, con parsimonia. Ting tong, las puertas se abren de par en par. Entonces bajo al garaje, donde me espera el coche oficial. Esta mañana no intercambio demasiadas palabras con José, el chófer que me asignaron al empezar la legislatura. Alguna frase cordial y un par de comentarios sobre los nubarrones, los que se perfilan en el cielo contaminado de Madrid y los que se ciernen sobre el Congreso de los Diputados. Se avecina una sesión crispada y de acusaciones cruzadas entre los distintos partidos políticos. Nada nuevo, el panem et circenses de la política, la lucha diaria por el control y por la hegemonía de las ideas.

Seis columnas de orden corintio adornan el antiguo convento del Espíritu Santo, reconvertido en el Palacio de las Cortes, una preciosa obra arquitectónica de estilo neoclásico. Dos leones fieros, estatuas inmortalizadas en piedra, custodian las puertas de “La casa de todos los españoles”, el hogar de la democracia, el lugar donde los representantes del pueblo hablan y deciden por todos sus ciudadanos. «Más palabrería que otra cosa», pienso yo, viejo veterano y conocedor de los vericuetos del poder.

Sostengo el discurso en las manos, aunque lo he memorizado al dedillo. Nada más entrar en el Congreso, caen las primeras gotas de lluvia, que se precipitan de manera violenta contra el techo del edificio. ¡Y cómo se escucha! Parecen piedras de duro granizo. La misma tormenta marrullera truena en el interior, con toda sus señorías graznando como cuervos iracundos bajo los relámpagos efectistas de la retótica de unos y de otros. La presidenta del Congreso trata, en vano, de levantarse sobre las voces estridentes que se culpan unas a otras de los males del reino. Mientras, yo, abogo por la libertad, y así se lo hago saber a mis rivales políticos. «¿Pero qué es la libertad?», nos preguntamos todos. «La libertad es todo lo que no choca con nuestra visión del mundo».

Sonámbulo

Todos los días me siento frente al ordenador y me adentro en la rutina de las redes sociales, como un sonámbulo que vive en estado de duermevela. Soy un zombi, aunque en lugar de morder cuellos y saborear vísceras, me alimento de la negatividad y de los chascarrillos. Las mismas discusiones, los mismos personajes. Egos grandilocuentes, inseguros por naturaleza y llorones en busca de atención. La red viste a las personas, las acaricia con sus visajes y disfraces, que adheridos a una piel simbólica, conforman una imagen trastocada y difusa de la realidad. Una mentira, una ilusión. Ni en el vino subyace la verdad, in vino veritas, ni en Twitter estamos más cerca de conocer el corazón de la humanidad. Casi todo se reduce al juego de las apariencias, a salir con los morritos en las fotos o a presumir de compañía en las historias de Instagram. Mientras escribo estas líneas, sigo con la mirada fija en la pantalla. Revivo las mismas historias, en bucle eterno, de pesadilla, porque despierto pero no despierto. Sonámbulo sigo, sonámbulo seguiré.

El Legado de Sodoma, Capítulo I

[…] quam plures utriusque sexus personae propriae salutis immemores et a fide catholica deviantes, cum daemonibus, incubis et succubis abuti, ac suis incantationibus, carminibus et coniurationibus aliisque nephandis superstitiis et sortilegiis excessibus, criminibus et delicti […] 

[…] muchas personas de los dos sexos, olvidando su propia salvación y desviándose de la fe católica, tratan con demonios, íncubos y súcubos, y con sus hechizos, cantos, conjuros y otras nefastas supersticiones y sortilegios se dedican a excesos, crímenes y delitos […] 

 

 

                                                         Summis desiderantes affectibus 

        Inocencio IV, a 5 de diciembre de 1484 

                                                             Bula papal contra la brujería

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Rojo carmesí sobre lienzo blanco (1)

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(Photo Credit: © Dreamstime)

CAPÍTULO I

10 de febrero, miércoles, 4:52 am

El teléfono sonó estridentemente. Satoru Takeuchi barbotó unas palabrejas inconexas y cogió el aparato a regañadientes, desde la cama. Aunque era policía, todavía no se había acostumbrado a las urgencias nocturnas. Como era de esperar, le llamaban de comisaría. Le informaron de que un grupo de jóvenes había descubierto dos cuerpos sin vida en un parque del barrio tokiota de Nerima ku. Al parecer volvían de una noche de karaoke y se habían encontrado con los cadáveres por el camino. Le dijeron que no eran sospechosos. Prometió que estaría allí en una media hora y colgó.

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El guardián de las hojas

momiji (Fotografía: Aptinet)

Shinji Tanaka caminaba por el parque de Ueno. Lo hacía desde la juventud, como vía de escape de una ciudad que nunca dormía. Tokio, ese coloso de rascacielos y contrastes, de pantallas gigantes en Shibuya y de ahogantes marabuntas descontroladas. Una urbe que aun y todo, albergaba el refugio de la naturaleza en su propio corazón, como una especie de microcosmos maravilloso. Era un mundo de templos y árboles, lagos con barquitas, padres y niños, parejas sonrientes, pájaros cantores y cuervos graznadores.

Todo empezaba en primavera: en abril se derretían las capas de nieve que, como lágrimas cristalizadas, descansaban muy ocasionalmente sobre el suelo de Tokio. El ocaso del frío sustituía la cama nevada por el lecho de flores de cerezo; los sakura, belleza efímera, preludio del húmedo y caluroso verano de la capital nipona. Mientras el ser humano padecía entre oleadas de sudor y abanicos, los árboles de hoja caduca se preparaban para liberar su cabellera. Llegaba el otoño y sus colores, el momiji, las sendas de hojas mustias.

Y allí seguía Shinji Tanaka, jubilado y voluntario. Armado con rústicas herramientas, recogía incansablemente las hojas del suelo. Limpiaba los caminos y dedicaba todo su esfuerzo a mantener el brillo de la naturaleza. Una naturaleza que ya esperaba su final de ciclo: la época estival regresaría pronto. El señor Tanaka permanecería.

Rígor Mortis

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Desperté acuciada por las pesadillas. Me visitaban todas las noches, instándome a hacerlo. Ya había comprado la pistola, pero la tenía bajo llave en el fondo del cajón más oscuro. A mi lado dormía mi marido, asistido por los somníferos que yo había mezclado en su copa de whisky escocés.

Me levanté de la cama de puntillas y salí de la habitación. El único sonido que se escuchaba era el frufrú del camisón al deslizarse por las escaleras de caracol que daban al sótano. Abrí la puerta chirriante y observé a la amante de mi esposo. Sufría una herida en la cabeza, resultado de su tozuda resistencia. Y pese a ello, yacía allí  inerte, sumida en el profundo letargo de las drogas. A mi merced.

La arrastré por las escaleras con esfuerzo; la acosté junto a mi marido. Cogí el arma del cajón y esperé pacientemente a que despertaran. Juan abrió los ojos primero. Antes de que reaccionara tomé la pistola y apreté el gatillo. Los sesos se desparramaron por la cama y la pared. El cuerpo quedó tendido, con la cabeza maltrecha apoyada en la almohada y las piernas en una posición antinatural. La amante se despertó alarmada y vio el cañón apuntándola directamente. Disparé primero al hombro. Gritó. Suplicó. Comprendió. A continuación dirigí la mirilla al corazón, sintiendo el bombeo de la sangre; los latidos rápidos y nerviosos. Un disparo más, un breve quejido. Las palpitaciones cesaron.

Leí en la prensa que la policía había encontrado los cuerpos rígidos unos días después de los asesinatos. Por aquel entonces yo ya estaba fuera del país, lucía nuevo peinado y  un nombre más largo y exótico. Nadie sospecharía jamás de la alegre y vivaracha muchacha que sonreía a todo el mundo.

 

 

El comercial y la vieja candorosa

esopo

Ocurrió en el tercer piso de un destartalado edificio del barrio barcelonés de El Carmelo. Allí vivía Dolores Romero, una anciana nonagenaria natural de Andalucía. Como muchas personas de su generación, había emigrado con su marido a la ciudad condal a finales de los años cincuenta. Fue la crisis de la minería, unida a la miseria de la posguerra, lo que provocó el éxodo migratorio en la primera mitad de la infausta dictadura franquista.

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La muerte en pausa

Hang Song Doong aka Mountain River Cave, Son Trach, Bo Trach District, Vietnam: A caver looking towards a doline. Dolines are created when the cave ceiling collapses inwards allowing daylight to stream in and the creation of unique eco-systems.    (Photo Credit: © ITV STUDIOS LTD./ Simon Reay)

(Photo Credit: © ITV STUDIOS LTD./ Simon Reay)

¡Al martirio, al martirio!bramó el populacho enfervorizado. Puños alzados y expresiones desencajadas. El prisionero entró a la plaza del pueblo renqueante, tratando de ocultar el rostro con sus manos desnudas. El pueblo esperaba su llegada y no tardó en acercarse, a pesar de los esfuerzos del alguacil por mantener la calma. Las primeras piedras sisearon y golpearon al asesino en la cabeza, los brazos y el torso. El hombre gritó e intentó protegerse, mientras los funcionarios de la ley se movían para contener al vulgo. Cuando la situación pudo controlarse, arrastraron al acusado al centro de la plaza: amplia, de antigua piedra grisácea, y despojada del mercado dominical para la celebración del juicio.

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