Borja Ruete

Mi sitio en la red

Category: Ficción (page 1 of 2)

Una bala perdida

Dos dedos amarillentos por la nicotina sostienen un cigarrillo recién prendido. Se mueven mecánicamente hacia la boca, hasta quedar suspendidos a la altura de los labios. El soldado absorbe el humo, inquieto, lo sostiene en los pulmones durante unos segundos y lo deja salir con parsimonia. La nube emprende el vuelo, observa la fotografía desde el privilegio de su vista panorámica, se fusiona con los vapores de la guerra, y a merced del viento, culebrea por el campo de batalla.

Desde arriba lo ve todo: las trincheras, los cascajos, la enfermedad, la sangre, la mierda, la muerte y los cadáveres. Escucha gritos, de los de unos y de los de otros. Las voces de los generales, que mueven sus peones por el tablero. Los disparos atronadores, las bombas, los llantos. Lágrimas cortadas por el frío, que atenaza los huesos y quiebra los sentidos. La lluvia sobre los cascos, inclemente, incesante: moja la ropa, las botas, los interiores; un plic, plic, plic que nos lleva a la locura, a desear que todo se detenga, que miles de corazones digan «basta» a la vez.

El cigarrillo mengua, como el fuego que consume la madera. Se hace pequeño, va muriendo, al igual que la vida misma, en unos segundos, quizá milésimas de segundo. Lo que está deja de estar. La bala perdida perfora el cráneo, penetra en el cerebro, queda encallada en el alma, en lo que nos hace humanos, en la razón y en los sentimientos. El cuerpo del soldado cae hacia un lado, con la mano derecha tocando el barro. La colilla emite su último destello carmesí, y con ese definitivo fulgor de vida, se apaga para siempre.

El abrazo del Manzanares

Cae al río. Arrastrada por la suave corriente, la semilla besa la tierra y se introduce en su interior. Al amparo de la oscuridad insondable, los procesos biológicos siguen su curso. El ápice resquebraja la cáscara, acaricia el barro; las raíces se desarrollan, extienden sus finos tentáculos; la planta se revuelve, mira a la luz. Cuando al fin consigue salir, crecen las primeras hojas y sus bracitos se ramifican en varias direcciones. Amada por el sol durante el día, bendecida por la luna durante la noche, la recién nacida envejece hambrienta, ávida de alimento…

Los dos adolescentes estallaron en carcajadas. Reían sin parar, bebe que te bebe. Uno de ellos, Julián, tenía una botella de ron en sus manos; el otro, Jorge, daba sorbos largos al Vodka mezclado con limón que había introducido en su petaca. El alcohol se abrió camino entre las venas y contaminó la sangre con rapidez. Las voces se elevaron mientras coreaban una canción etílica.

Madrid Río era un lugar transitado por las mañanas y por las tardes. Cientos de ciclistas y de viandantes recorrían el camino diariamente en ambas direcciones. Al caer la noche, la cosa era bien distinta. Las personas volvían a sus casas o preferían lugares más transitados. Bajo el techo de estrellas todo parecía dormir en sosiego. Pero ya se sabe, es en los períodos de calma cuando la tormenta se prepara para la acción.

La tenue iluminación apenas dejaba adivinar lo que había un paso más allá. Los chicos, sin embargo, sujetaban los móviles con la linterna activada, aunque en su estado, poco o nada importaba. Hacían eses y sorteaban los árboles como podían. La arenisca rozaba los dedos de sus pies, desnudos sobre la suela de las sandalias.

Julián se detuvo un momento y orinó sin parar de reír. Su compañero bebió unos tragos y meó despreocupado, allí donde estaba. Luego, siguieron la ruta por inercia, aunque no tardaron en pararse de nuevo. La sombra de un coloso tiñó de azabache el ya de por sí oscuro ambiente. Ante sus ojos, junto a la otra orilla del Manzanares, el esqueleto del antiguo estadio Vicente Calderón observaba impávido. La zona frontal todavía no había sido demolida, pero el resto de la construcción parecía una de esas antiguas ruinas romanas que a duras penas se sostenían en pie.

Aletargados por la estampa, los amigos aprovecharon para descansar. Jorge, con el pelo alborotado y su rostro puntiagudo, a juego con la delgadez de su cuerpo, percibía el calor de Julián a su lado. Este era más corpulento, tenía el cabello rubio muy corto y unas facciones algo rudas.

El joven sintió la mano de su amigo en los muslos e hizo ademán de apartarla, pero en su lugar, acarició los dedos casi sin darse cuenta. Como en esos juegos de la güija, en los que uno no sabe quién a hecho qué, las dos manos se dirigieron a la entrepierna de Jorge. Las cabezas se acercaron lentamente, con el aliento sostenido en un lapso de incertidumbre. Las bocas se juntaron para fundirse en un beso prolongado y húmedo.

«No, no, no, ese no soy yo», pensó Jorge mientras su lengua serpenteaba en la boca de Julián. Lo apartó de un empujón, olvidando el móvil y la cartera, y huyó sin rumbo, aterrado. Julián se encogió de hombros y concedió un tiempo a su amigo. «Volverá», se dijo a sí mismo. Y esperó.

El chico, turbado por lo que acababa de suceder, avanzó durante veinte minutos, todavía sin comprender lo que había ocurrido. Las dudas carcomían su mente, la devoraban como si miles de gusanos reptaran por su cerebro. Necesitaba despejarse, observar las cosas desde una postura más reflexiva.

No supo por qué, tal vez debido al alcohol que todavía acampaba libre en sus venas, pero de pronto sintió la necesidad de ver el río de cerca. Las aguas no eran muy profundas, pues la tierra se la había tragado sin compasión.

Descendió con torpeza, buscando los puntos de enganche para no caer al vacío. Cuando los pies pisaron el barro, suspiró aliviado. Aún en las partes de tierra seca, la humedad se adhería a la piel como una garrapata. Paseó en la negrura, con las sandalias empapadas y el frío ascendente en el cuerpo. A medida que avanzaba, el río se fue ensanchando.

Sobre su manto de cristal verdoso, las plantas reinaban, a sabiendas de su condición soberana. Las ásperas enredaderas tapaban la vegetación más tierna, que ahogadas por su amor aprisionador, luchaban por escapar de su influjo. Lejos de lograrlo, siempre vivirían en la noche eterna.

Jorge se sorprendió. De repente, los niveles de agua habían crecido sin control. Se halló flotando en el río, rodeado de ramas y de hojas. El miedo lo embargó y trató de volver atrás, pero cuanto más lo intentaba más empeoraba la situación. Gritó «¡socorro!» con todas sus fuerzas. La garganta se le hizo trizas, la voz se quebró y el aliento se heló en su siguiente expiración. «Ven a mí», escuchó en su mente. «Ven a mí», repitió sibilante.

Intentó moverse. No pudo. Algo le rozó la piel, que estalló ensangrentada un segundo después. Las zarzas lo abrazaron y picaron su cuerpo con lujuria. «Eres mío, mio, mío. Por siempre, hasta el final de los tiempos». La planta se enroscó en los brazos y en la piernas. Jorge luchó en vano para desembarazarse del achuchón mortal. Cada segundo que pasaba, la parálisis era más y más agobiante. La enredadera tomó su pecho, el cuello, la cabeza. El chico miraba ahora a la oscuridad de las aguas, boca abajo. Solo sus ojos, que se salían de las órbitas y giraban de un lado a otro lado, se mantenían libres del influjo de la vegetación.

Se quedó sin aire, boqueó en busca de un oxígeno que no encontraría jamás. Las zarzas apretaron, follaron con el vigor de mil amantes, se introdujeron por la boca, el ano y las entrañas. No dejaron un hueco sin semilla, una víscera sin marca: se fundieron con la piel y con los huesos. La presión no cesó ni después de que el último hálito de vida escapara del corazón, del cuerpo, del alma.

Julián esperó. Esperó en vano.

Los retratos de los Aureliano

Me miran. Todos me miran. Paso por los pasillos y veo los rostros de los antepasados grabados en pintura para la eternidad. Sus ojos escrutan en la misma dirección, pero cuando me doy la vuelta, siento su aliento en la nuca. Generaciones de la familia adornan las estancias del viejo palacete, un edificio ancestral, picado por la acción del tiempo, que ha pertenecido a mi linaje desde épocas remotas.

Nunca conocí a mis padres biológicos. Nunca conocí a mis abuelos. Nací y viví lejos de los lujos, abandonado por mi condición de bastardo, o eso me contaron cuando cumplí la edad para comprender. Tampoco puede decirse que mi infancia fuera dura. Tuve la suerte de ser adoptado por una pareja maravillosa, sin mucho dinero, pero con el amor y el cuidado necesario para proporcionarme una juventud feliz.

Todo cambió cuando cumplí los cuarenta. Sonó el teléfono una tarde lluviosa, encapotada por nubes azabaches que presagiaban toda clase de males: «Soy el abogado de la familia Aureliano, me gustaría reunirme contigo», me informó.

Al día siguiente, quedamos en una cafetería. El abogado me informó de que mis padres biológicos habían fallecido en extrañas circunstancias y que por herencia me correspondía el Palacio Aureliano y todas las posesiones que había entre sus paredes. Estupefacto, me enteré de mis orígenes y recibí las llaves de la propiedad, situada a las afueras de Madrid, en la nada.

Dejé a mi mujer y a mi hijo en casa, sin contarles nada todavía. Les dije que me iría por trabajo unos días, así que cogí el coche sin despertar sospechas. Circulé intranquilo, nervioso por la visita a un palacio que me había sido legado de improviso. Los bosques yermos cubrieron la vista con su espeso color otoñal. El camino, sinuoso, se mantuvo monótono durante unos minutos que se me hicieron eternos, hasta que el contorno de la roca fantasmal se dibujó ante mis ojos.

Roído por los años, el Palacio Aureliano se erigía imperturbable, a sabiendas de que seguiría ahí mucho tiempo más allá de mi muerte y de la de mi hijo. Abrí la puerta principal con la antigua llave de hierro oxidada. Chasqueó y los engranajes se movieron fatigosos. A continuación, las paredes retumbaron cuando cerré el portón de un golpe.

Entonces los vi. Los rostros, el pasillo. Un escalofrío recorrió mis entrañas y noté cómo mis vísceras se aflojaban. Las luces no funcionaban, pero alumbré el camino con la linterna del teléfono. Allí estaban, mis antepasados, con sus globos oculares fijos a mi paso.

Atravesé el comedor, que tenía los cubiertos de oro gélido dispuestos en la mesa, como si alguien fuera a darse un fastuoso banquete en los siguientes minutos. Pero no había nadie allí, ningún alimento que degustar. En pocos segundos, llegué a la biblioteca, una biblioteca sin libros. Mejor dicho, una biblioteca con un libro. La Maldición de los Aureliano. Lo tomé entre mis manos, con una mezcla de curiosidad y terror. En sus páginas no había escrita ni una sola letra, solo imágenes de cuadros antiguos, los rostros de mis ancestros. Cientos de caras, cientos de miradas y muchas páginas en blanco.

Sentí un miedo paralizante. Me quedé inmóvil y escuché los chasquidos de la casa, cuyos revestimientos de madera crujían sin descanso. No sé cuánto tiempo permanecí en estado de shock, pero de pronto, supe que tenía que marcharme de ese lugar. Salí corriendo y regresé al punto de partida, al corredor que daba a la entrada donde todos los cuadros observaban. Volvieron las miradas, los siseos, las voces que ametrallaban mi cerebro.

Alumbré con el móvil los rostros imperturbables y algo llamó mi atención. Unas facciones, las de Máximo Aureliano, nacido en 1630 y muerto en 1670. «Estoy delirando, he perdido la cordura», pensé en voz alta. El hombre que me devolvía la mirada no era otro que el abogado que me había visitado días atrás. ¡Imposible!

Corrí y corrí, pero cuando por fin alcancé el portón, este no se movió ni un centímetro. A continuación, escuché voces escalofriantes y multitud de manos fantasmagóricas me tocaron con fruición. Me costaba respirar, los dedos blanquecinos apretaron mi garganta y sentí cómo la vida escapaba del cuerpo. Todo acabó en cuestión de segundos. Sin oxígeno, la cáscara que había albergado mi alma se desplomó secamente contra el suelo.

Y aquí estoy yo, observando desde la pared, a la espera de que otro de los nuestros ponga los pies en el palacio.

Miguel Aureliano (nacido en 1976 y muerto en 2016).

Noche de luces en Madrid

Cae el sol, suben la luna y las estrellas. En el cielo no se dibujan los contornos esféricos de los astros, pues las nubes vaporosas de la inmundicia cubren la atmósfera con su fétida opacidad. La capa de oscuridad se alimenta del oxígeno, ávida, con la gula y las ansias de degustar la savia de la vida y de execrar su toxina mortal.

Y mientras tanto, noche de luces en Madrid, unas luces artificiales que iluminan las calles y se mezclan con el humo de los tubos de escape. Los coches avanzan por el centro y se desesperan en el enésimo atasco; otros, tratan de aparcar con los motores a pleno rendimiento. Y sin saberlo o sin quererlo saber, contribuyen a la expansión de lo inevitable: un futuro sin luces, la noche eterna.

Cementerio de elefantes

La edad, los achaques; cuerpo marchito, anochecer de la vida. Pasito a pasito, el anciano camina hacia su destino, el ocaso del sendero. Los años a sus espaldas pesan como losas de duro marfil. La trompa pinocho, rugosa cual corteza de árbol, se arrastra por el suelo, con la testa ligeramente cabizbaja pero orgullosa. Ya no es uno de los líderes de la manada, pero los elefantes, respetuosos con sus veteranos, le permiten gobernar el cementerio, que como el Viejo Continente, se cimenta sobre huesos apilados y cenizas de gloria. Allí descansan los restos de los que nadie quiere: los Pepiños, Estepons o Dolors, ejemplares que lo fueron todo en el pasado y que luego se encaminaron hacia su retiro dorado. Lo mismo hará Jorgito, que resurge como las ratas de las cloacas del interior profundo, y se prepara para su último periplo. Lo que le quede, le quedará mandando, aunque sea en un cementerio de elefantes.

Sin exequias en Nanga Parbat

Siempre me creí invencible. Después de todo, a los voluntariosos la muerte nos rehuye. Se aleja de nosotros, los fuertes, para fijar su atención en ellos, los débiles. He subido ochomiles y participado en las expediciones más peligrosas, pero he salido indemne de todas ellas. Con todo, reconozco que alguna cicatriz se dibuja en mi cuerpo, que como un lienzo en el museo, cincela los trazos de un pasado de gloria.

Los que no tememos a la muerte tendemos a la arrogancia, a mirar al resto llenos de desprecio y a vanagloriarnos con el pecho henchido de gozo. Pero el miedo, lo entiendo ahora, es un mecanismo de defensa valioso. Sabía que Nanga Parbat se había alimentado de las vidas de 85 montañeros, 86 si contamos a mi compañera. Pero me la sudó, nunca pensé que yo fuera a ser un número más, el 87, ni más ni menos. Y coño, ni siquiera es una cifra bonita, habría preferido algo más redondo, tal vez un 90 o un 100. Porque ¿quién cojones se acuerda del ochenta y tantos?

Si morir es una puta mierda, hacerlo solo y medio sepultado en la nieve, joder, ¡qué lento y doloroso! El alud se llevó a Roberta en milésimas de segundo, visto y no visto. Yo me encontraba más abajo cuando la ola cayó sobre nosotros. El hórrido demonio blanco se batió sobre nuestras cabezas y descendió con la fuerza del mil Hércules divinos. De pronto, me quedé sin respiración, casi inconsciente. Boqueé, tragué nieve y sentí que la vida escapaba de mi maltrecho cuerpo. Bien habría hecho en morir allí mismo. En lugar de eso, luché por salir: el aire volvió a entrar en los pulmones.

Escribo mis últimas palabras congelado, ya casi no puedo coger el bolígrafo. Las piernas no responden, se han partido como finas ramas en un día de viento. La sangre, helada, fluye por mi rostro y el torso, adherido a una ropa que ni calienta ni contribuye a mejorar el bienestar en este tránsito. Ahora sí, el terror me embarga, ¡oh, lágrimas! Dejo de ver, dejo de sentir, me arrepiento, me arrep…nto. ¡No qui..ro…mor…!

A día de hoy, el cuerpo de John Svensson no ha podido ser rescatado, se halla bajo el hielo. La carta, en cambio, apareció de manera inexplicable.

Pasajeros al tren

La gente se apretuja a las mañanas, corre escaleras abajo y se enfada en silencio o a viva voz. Con los móviles en las manos y las miradas fijas en la pantalla, las personas anónimas vagan como autómatas. Los que van acompañados intercambian alguna que otra palabra, que se pierde entre las voces cruzadas.

En esa estación, en cualquier estación, yo soy uno más, otro viajero que sube al tren y que se dirige a un destino incierto. Entro en el vagón después de que unos desconocidos salgan. Las almas impacientes se internan en el interior nada más abrirse las puertas. Me agarro como puedo, agobiado por el calor de decenas de cuerpos constreñidos. El traqueteo retumbante se mezcla con las palabras, que chocan como dos trenes de alta velocidad. Unos pasajeros dormitan; otros escuchan música en silencio; algunos, incluso, lo hacen para todos los pasajeros, porque total, ¿a quién le importa que no usen cascos?

Hay una pareja de ancianos que no encuentra sitio para sentarse, pero después de unas cuantas paradas, alguien cede su lugar. Se posiciona junto a las puertas, justo cuando entran los músicos, que tocan su canción en una atmósfera de total indiferencia. La misma que se produce cuando alguien pide limosna, pues la generosidad tiene un límite y la desconfianza ha plantado su semilla.

«Próxima estación, Príncipe Pío», anuncia una voz pregrabada. Pulso el botón y salto al océano, me convierto en otro pez de los infinitos mares, en uno más, sin nombre ni personalidad.

La colmena y el avispero

Allá va la obrerita, alas batientes, trabajadora incansable, poliniza que poliniza. Se acerca a las flores y absorbe su dulce néctar, fruto de vida y alimento de dioses. Poquito a poco transporta la valiosa mercancía, llega a casa exhausta y se reúne con sus compañeras obreras. Los zánganos copulan; la abeja reina, pare que te pare. Mientras tanto, la obrerita construye panales, que como neuronas en sinapsis, conforman la colmena, un lugar en el que todos tienen su rol bien aprendido. La miel pegajosa unifica las conexiones neuronales, el pensamiento, lo que mueve al corazón y a las acciones. A veces, todas las colmenas se ponen de acuerdo, sus consciencias fluyen en una misma dirección y siguen los dictados impuestos sin cuestionar las órdenes: lo llaman «mente colmena».

Bajo su dictadura, las palabras hieren como aguijones afilados. Su pérfido veneno es dorado como la miel, no distingue ni de colores ni de claroscuros, pero penetra hasta el fondo de las entrañas. «La verdad es nuestra, la discrepancia no existe». Vuela que te vuela, las hermosas abejas se topan con el enemigo, que osa cuestionar las leyes universales, «¡quién se atreviera!». Confusas y enfadadas, se menean alborozadas, planean iracundas, indignadas por el desagravio. Entonces, atisban el avispero en la rama del árbol. Sin pensarlo dos veces, lo azuzan con violencia desmedida, conducidas por la emoción, que no por el seso. Las avispas asiáticas zumban en el interior, preparan sus armas letales y salen como un ejército en desbandada. En pocos segundos, la víctima sucumbe al enjambre, que cae sobre él con la verborrea de miles de alas. La colmena se vanagloria desde la lejanía, ya que ignora que las avispas, una vez azuzado el avispero, desdeñan a aliados y enemigos por igual. Cuando acaban con uno, se dan la vuelta y traicionan al otro. ¡Ay las abejitas, muere que te muere!

Libertad, la que yo dicto

Suena el despertador, comienza la rutina: hago una visita al baño, desayuno, me doy un duchazo y visto mi mejor americana. Una vez preparado, cuando las agujas del reloj marcan las nueve en punto, dejo de leer las noticias y cojo el maletín de trabajo. Sin perder un segundo, pulso el botón del ascensor, impaciente. Lo oigo subir piso a piso, con parsimonia. Ting tong, las puertas se abren de par en par. Entonces bajo al garaje, donde me espera el coche oficial. Esta mañana no intercambio demasiadas palabras con José, el chófer que me asignaron al empezar la legislatura. Alguna frase cordial y un par de comentarios sobre los nubarrones, los que se perfilan en el cielo contaminado de Madrid y los que se ciernen sobre el Congreso de los Diputados. Se avecina una sesión crispada y de acusaciones cruzadas entre los distintos partidos políticos. Nada nuevo, el panem et circenses de la política, la lucha diaria por el control y por la hegemonía de las ideas.

Seis columnas de orden corintio adornan el antiguo convento del Espíritu Santo, reconvertido en el Palacio de las Cortes, una preciosa obra arquitectónica de estilo neoclásico. Dos leones fieros, estatuas inmortalizadas en piedra, custodian las puertas de “La casa de todos los españoles”, el hogar de la democracia, el lugar donde los representantes del pueblo hablan y deciden por todos sus ciudadanos. «Más palabrería que otra cosa», pienso yo, viejo veterano y conocedor de los vericuetos del poder.

Sostengo el discurso en las manos, aunque lo he memorizado al dedillo. Nada más entrar en el Congreso, caen las primeras gotas de lluvia, que se precipitan de manera violenta contra el techo del edificio. ¡Y cómo se escucha! Parecen piedras de duro granizo. La misma tormenta marrullera truena en el interior, con toda sus señorías graznando como cuervos iracundos bajo los relámpagos efectistas de la retótica de unos y de otros. La presidenta del Congreso trata, en vano, de levantarse sobre las voces estridentes que se culpan unas a otras de los males del reino. Mientras, yo, abogo por la libertad, y así se lo hago saber a mis rivales políticos. «¿Pero qué es la libertad?», nos preguntamos todos. «La libertad es todo lo que no choca con nuestra visión del mundo».

Sonámbulo

Todos los días me siento frente al ordenador y me adentro en la rutina de las redes sociales, como un sonámbulo que vive en estado de duermevela. Soy un zombi, aunque en lugar de morder cuellos y saborear vísceras, me alimento de la negatividad y de los chascarrillos. Las mismas discusiones, los mismos personajes. Egos grandilocuentes, inseguros por naturaleza y llorones en busca de atención. La red viste a las personas, las acaricia con sus visajes y disfraces, que adheridos a una piel simbólica, conforman una imagen trastocada y difusa de la realidad. Una mentira, una ilusión. Ni en el vino subyace la verdad, in vino veritas, ni en Twitter estamos más cerca de conocer el corazón de la humanidad. Casi todo se reduce al juego de las apariencias, a salir con los morritos en las fotos o a presumir de compañía en las historias de Instagram. Mientras escribo estas líneas, sigo con la mirada fija en la pantalla. Revivo las mismas historias, en bucle eterno, de pesadilla, porque despierto pero no despierto. Sonámbulo sigo, sonámbulo seguiré.

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