Y yo, sin embargo, nunca viajaré allí.
Nunca podré escapar de este mundo de oscuridad…

Aurum se erigía sobre una cima montañosa a unos kilómetros de Numara, la capital del Reino. Era un pueblo inhóspito al abrazo de la naturaleza. Árboles frescos se embebían de los licores de las tierras fértiles, allá donde las raíces recorrían su imparable descenso a las profundidades del mundo. Los edificios estaban construidos en madera y piedra. Tenían el techo bajo, protegido por robustas tejas de color rojo desgastado. Por dentro eran igual de sencillas, aunque todos los aldeanos poseían ardientes chimeneas para guarecerse de las inclemencias meteorológicas.

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