No deja de sorprenderme que hace apenas unos días, todos estuviéramos en las calles, llenando bares, en compañía de amistades y familia. De fondo, el runrun del coronavirus: que si alguien en la empresa se había contagiado, que si era una simple gripe, que si solo los mayores debían temer la virulencia del COVID-19. Un viernes discutíamos sobre un cumpleaños; un lunes estábamos encerrados, con los planes a medio trazar y en situación de alarma colectiva. Los supermercados en cola y los coches cada vez más silenciosos.

Desde mi balcón no veo un jardín lleno de flores, tampoco las calles vacías. No hay árboles ni palomas revoltosas, ni siquiera una carretera ruidosa. Me asomo y atisbo los bloques de ventanas que rodean el patio interior de los edificios, todos ellos con diferentes tonos de amarillo y marrón. Algún tiesto rebosa vida vegetal en el espacio de mis vecinos; una bandera española a media asta quiebra la monotonía del paisaje, coronado por antenas y hierros retorcidos.

El lugar, contagiado por la quietud angustiosa de las circunstancias, rompe su silencio todas las tardes a las 20:00, cuando desde mi balcón escucho el estruendo de aplausos, el Resistiré del Dúo Dinámico y la algarabía que demuestra que al menos en esto, todos estamos en el mismo balcón.