Nunca pensé que algo así pudiera ocurrir. Vivíamos rodeados de una barrera fina, acristalada, con grietas invisibles, incluso para muchas de las voces cortantes que ahora gritan por todo lo alto eso del ‘ya os lo dije’. En nuestro mundo artificial, una pandemia era inimaginable, porque eso solo ocurre en sociedades lejanas, las del tercer mundo, aquellas que no tienen dinero ni un bocado que llevarse a la boca.

Hace apenas una semana, planificábamos los cumpleaños, pensábamos en la película que se iba a estrenar en los cines, disfrutábamos del vermut de los viernes, nos quejábamos de jefes, del vecino idiota que no nos había saludado, de las incomodidades del metro. Bromeábamos, ¡vaya que sí bromeábamos! Después de todo, ese coronavirus no nos iba a afectar, era cosa de los chinos. Aquí lo controlaríamos y todo seguiría como hasta ahora.

Pero hoy, poco de eso importa. El sueño se ha desvanecido, la realidad nos ha dado un bofetón en la cara. Los que todavía andan bajo el sopor de su duermevela mental, los insolidarios, los egoistas, los que se saltan la cuarentena y se creen con derecho a poner en peligro al resto…a todos esos les digo basta, es suficiente, reflexionad aunque sea por un momento.

El ayer fue el ayer, un pasado de burbujas de vidrio. Hoy, poco de eso importa. A partir de ahora, tendremos que construir una nueva realidad.