Se levantó como cada mañana, con los hombros caídos y una expresión aburrida dibujada en el rostro. Encendió el ordenador y se colocó en la silla, a la espera de una nueva jornada laboral al teclado. Lejos de miradas indiscretas, el tiempo que dedicaba al trabajo era el que él determinaba, aunque no todo saliera según lo previsto. Durante esas horas, las agujas del reloj se movían lentas pero inexorables, tic-tac, tic-tac, sin detenerse ni por un segundo.

De la misma forma que el sol se levantaba al amanecer, también caería tras las montañas, pasara lo que pasara. Era igual con los problemas, que ascendían y ascendían para luego caer y estrujarte con su peso. De todos modos, él sabía bien cómo derivar las vicisitudes y cargarlas sobre los hombres de sus compañeros. De esa forma, se liberaba de tener que enfrentarse a lo que tuviera delante. Después de todo, no había nada que pudiera cambiar, no era culpa suya que el mundo fuera así de injusto. ¿O tal vez estaría contribuyendo él, con su desidia, a la erosión de todo lo que había a su alrededor?