Camino por el prado, entre árboles y plantas, con paso decidido, musical, de elegancia exquisita. El sol brilla intenso, calienta la cabeza, el lomo y el bello plumaje resplandeciente. A medida que me acerco al arroyo, diviso a los pajarillos, que picotean comida enfervorecidos. Estoy convencido de que cuando me vean, lo dejarán todo para echar un vistazo y deleitarse ante el espectáculo protagonizado por mi hermoso arcoíris de colores. Con la cabeza erguida, paseo mi majestad, pues siendo soberano del reino de las aves, están obligadas a rendirme pleitesía.

Escribo mis movimientos cuidadosamente, con la mente en tercera persona, como si fuera un espectador más. Entonces, despliego las plumas, los pájaros levantan la cabeza, dejan el vaivén de los picos y enmudecen sus cantos. Por un momento, las simpáticas criaturitas miran curiosas; algunas, incluso, bailotean embelesadas. Al mismo tiempo, yo sigo contoneándome, degusto el instante, la hora del triunfo.

Cuando la danza llega a su fin, recojo el abanico de colores y ordeno a mis súbditos que me entreguen el tributo exigido. Sorprendido, compruebo que los que hace unos segundos me bailaban el agua, desvían sus miradas. Sin el hechizo cromático, los pajaritos vuelven a su tarea anterior, comen con fruición e ignoran mi presencia. Sin comprender, me acerco al arroyo y observo la imagen que me devuelve el cristal: una ilusión quebrada, una imagen de postín.