Borja Ruete

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Month: enero 2020

Desidia

Se levantó como cada mañana, con los hombros caídos y una expresión aburrida dibujada en el rostro. Encendió el ordenador y se colocó en la silla, a la espera de una nueva jornada laboral al teclado. Lejos de miradas indiscretas, el tiempo que dedicaba al trabajo era el que él determinaba, aunque no todo saliera según lo previsto. Durante esas horas, las agujas del reloj se movían lentas pero inexorables, tic-tac, tic-tac, sin detenerse ni por un segundo.

De la misma forma que el sol se levantaba al amanecer, también caería tras las montañas, pasara lo que pasara. Era igual con los problemas, que ascendían y ascendían para luego caer y estrujarte con su peso. De todos modos, él sabía bien cómo derivar las vicisitudes y cargarlas sobre los hombres de sus compañeros. De esa forma, se liberaba de tener que enfrentarse a lo que tuviera delante. Después de todo, no había nada que pudiera cambiar, no era culpa suya que el mundo fuera así de injusto. ¿O tal vez estaría contribuyendo él, con su desidia, a la erosión de todo lo que había a su alrededor?

Un pavo real en el reino de los pajaritos

Camino por el prado, entre árboles y plantas, con paso decidido, musical, de elegancia exquisita. El sol brilla intenso, calienta la cabeza, el lomo y el bello plumaje resplandeciente. A medida que me acerco al arroyo, diviso a los pajarillos, que picotean comida enfervorecidos. Estoy convencido de que cuando me vean, lo dejarán todo para echar un vistazo y deleitarse ante el espectáculo protagonizado por mi hermoso arcoíris de colores. Con la cabeza erguida, paseo mi majestad, pues siendo soberano del reino de las aves, están obligadas a rendirme pleitesía.

Escribo mis movimientos cuidadosamente, con la mente en tercera persona, como si fuera un espectador más. Entonces, despliego las plumas, los pájaros levantan la cabeza, dejan el vaivén de los picos y enmudecen sus cantos. Por un momento, las simpáticas criaturitas miran curiosas; algunas, incluso, bailotean embelesadas. Al mismo tiempo, yo sigo contoneándome, degusto el instante, la hora del triunfo.

Cuando la danza llega a su fin, recojo el abanico de colores y ordeno a mis súbditos que me entreguen el tributo exigido. Sorprendido, compruebo que los que hace unos segundos me bailaban el agua, desvían sus miradas. Sin el hechizo cromático, los pajaritos vuelven a su tarea anterior, comen con fruición e ignoran mi presencia. Sin comprender, me acerco al arroyo y observo la imagen que me devuelve el cristal: una ilusión quebrada, una imagen de postín.

© 2020 Borja Ruete

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