Moro entre el azul del cielo y el azul del océano, al calor del sol, bajo el frío de la noche estrellada. Escucho el rugir del viento, el crepitar de las ramas al quebrarse, el graznar animado de una gaviota argéntea. Veo pasar los años, las décadas y los siglos sin moverme del sitio, siempre encaramada sobre peces y plantas marinas. Soy, se puede decir, criatura de dos mundos, como la sirena. De la tierra y del mar, mitad y mitad, parte sobre terreno firme; parte sumergida en las aguas. Y mientras tanto, el tiempo no se ha detenido, me ha mordido y desgastado sin piedad, porque yo, aunque dura, estoy condenada a desaparecer, o mejor dicho, a formar parte de otros sedimentos. La espuma de las olas toca mi cuerpo, lo erosiona, lentamente, sin descanso, me devora. Poco a poco me hago más pequeña, me convierto en polvo, paso a formar parte del mismo océano que me engendró.

Quien arena nace arena muere.