Dos dedos amarillentos por la nicotina sostienen un cigarrillo recién prendido. Se mueven mecánicamente hacia la boca, hasta quedar suspendidos a la altura de los labios. El soldado absorbe el humo, inquieto, lo sostiene en los pulmones durante unos segundos y lo deja salir con parsimonia. La nube emprende el vuelo, observa la fotografía desde el privilegio de su vista panorámica, se fusiona con los vapores de la guerra, y a merced del viento, culebrea por el campo de batalla.

Desde arriba lo ve todo: las trincheras, los cascajos, la enfermedad, la sangre, la mierda, la muerte y los cadáveres. Escucha gritos, de los de unos y de los de otros. Las voces de los generales, que mueven sus peones por el tablero. Los disparos atronadores, las bombas, los llantos. Lágrimas cortadas por el frío, que atenaza los huesos y quiebra los sentidos. La lluvia sobre los cascos, inclemente, incesante: moja la ropa, las botas, los interiores; un plic, plic, plic que nos lleva a la locura, a desear que todo se detenga, que miles de corazones digan «basta» a la vez.

El cigarrillo mengua, como el fuego que consume la madera. Se hace pequeño, va muriendo, al igual que la vida misma, en unos segundos, quizá milésimas de segundo. Lo que está deja de estar. La bala perdida perfora el cráneo, penetra en el cerebro, queda encallada en el alma, en lo que nos hace humanos, en la razón y en los sentimientos. El cuerpo del soldado cae hacia un lado, con la mano derecha tocando el barro. La colilla emite su último destello carmesí, y con ese definitivo fulgor de vida, se apaga para siempre.