Borja Ruete

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Rojo carmesí sobre lienzo blanco (1)

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(Photo Credit: © Dreamstime)

CAPÍTULO I

10 de febrero, miércoles, 4:52 am

El teléfono sonó estridentemente. Satoru Takeuchi barbotó unas palabrejas inconexas y cogió el aparato a regañadientes, desde la cama. Aunque era policía, todavía no se había acostumbrado a las urgencias nocturnas. Como era de esperar, le llamaban de comisaría. Le informaron de que un grupo de jóvenes había descubierto dos cuerpos sin vida en un parque del barrio tokiota de Nerima ku. Al parecer volvían de una noche de karaoke y se habían encontrado con los cadáveres por el camino. Le dijeron que no eran sospechosos. Prometió que estaría allí en una media hora y colgó.

No sin antes bostezar, Satoru se levantó de la cama y puso los pies sobre el suelo de tatami. Vivía en uno de esos apartamentos que los japoneses denominaban manshion. Su piso no tendría más de cincuenta y cinco metros cuadrados, pero no necesitaba mucho más: en la entrada, pasado el zapatero, se encontraban la cocina y el baño. El dormitorio, separado mediante una puerta corrediza al estilo tradicional, tenía el espacio suficiente para albergar la cama, el armario y el escritorio de trabajo. Había una balda con libros y mangas desordenados. La ropa del día anterior descansaba arrebujada en una silla.

Se lavó la cara y los dientes rápidamente. Cogió a tientas un pantalón y una camisa blanca limpia. Revolvió el cajón en busca de la corbata, sin preocuparse mucho por la elección de una en concreto. Ya vestido y aseado se peinó el cabello moreno y liso con la clásica raya al medio. Pese a que en los primeros años de la veintena había lucido peinados algo más extravagantes, ahora que estaba a punto de cumplir los veintinueve y llevaba cuatro años como investigador, se decantaba por un aspecto más conservador. El espejo le devolvió el reflejo de un rostro somnoliento. Tenía unas facciones aniñadas que gustaban a muchas mujeres, pero no pocas veces había tenido que presentar los papeles al comprar alcohol en el supermercado.

Cogió las llaves del coche, se calzó los zapatos y salió de su apartamento con prisa. Hacía un frío gélido y nevaba copiosamente. El suelo estaba completamente cubierto por la capa nívea, todavía incorrupta, a la espera de pisadas apresuradas. Anduvo unos minutos hasta dar con el vehículo. Se sentó, se abrochó el cinturón de seguridad y accionó el motor. La calefacción pronto hizo su efecto y las articulaciones comenzaron a desentumecerse. Vivía en el barrio vecino de Nakano, de modo que no tardaría en arribar a su destino. Vio pasar la estación de Nerima Takanodai y cogió la carretera que llevaba a Shakujikoen.

5:38 am

Paró el coche y entró en el parque a pie. Silencio sepulcral. Los pájaros dormitaban sin cantar y la naturaleza presentaba un aspecto fantasmagórico. El lago central oleaba muy suavemente, al ritmo del viento cortante. Las sombras de las barquitas se perfilaban de forma muy tenue. Los árboles de hoja caduca se erigían desnudos, con ramas que parecían esqueletos en movimiento. Y entre ellos, enroscados aquí y allá, los ojos curiosos de algunos gatos callejeros lo miraban sin apenas parpadear.

Se adentró en el mundo de naturaleza, cruzó el puente y siguió las indicaciones concretas que le habían dado. Escuchó voces cercanas cuchicheando y pronto atisbó siluetas humanas. Cuando lo vieron se acercaron, tratando en todo momento de no alterar la escena del crimen. Ya habían montado el perímetro policial.

—Soy Satoru Takeuchi, de homicidios. ¿Qué tenemos aquí? —El médico forense, el equipo pericial, el representante de la fiscalía y los dos agentes de policía local le devolvieron el saludo con sendas reverencias.

— Mujer joven, diría que en los primeros años de la veintena. Presenta heridas de arma blanca en el cuello. Ha fallecido degollada. El hombre probablemente tenga la misma edad. También ha muerto acuchillado. Tiene clavado el filo en el corazón. No he visto más heridas, pero sabré más cuando realice la autopsia—Satoru gesticuló afirmativamente con la cabeza y le dio las gracias. Se fijó en los cuerpos y tuvo que reconocer que ambos eran muy atractivos, aún en la muerte. La chica tenía el pelo lacio muy largo, algo revuelto; las facciones muy delicadas, como de cristal; los ojos abiertos y almendrados, parecidos a los de un occidental; los labios carnosos; pechos bien formados y figura esbelta. El chico lucía media melena azabache; rostro proporcionado y nariz chata y redondeada. La boca articulaba un ligero rictus de sorpresa. La sangre impregnaba la ropa y teñía la nieve de vivo escarlata.

—¿Qué me pueden decir del grupo de jóvenes que ha hallado los cadáveres?

—Uno de nuestros compañeros les ha llevado al koban*—respondió uno de los policías locales uniformados. Les están interrogando, pero no son sospechosos. Estos dos llevan muertos varias horas y los chicos llegaron aquí hace poco más de una hora. Hemos contactado con el karaoke y nos han dejado ver los vídeos de seguridad. Su coartada es sólida.

—¿Alguna huella?

—Todo borrado. La nieve ha hecho su trabajo.

—¿Han revisado los cuerpos en busca de pruebas?

—No, usted es el policía de homicidios.

—De acuerdo. Supongo que ya han sacado fotografías de la escena del crimen. Quiero verlas cuanto antes—el perito cogió la cámara y se la tendió a Satoru. Revisó las instantáneas; a primera vista la estampa era idéntica. Quizá un poco más de nieve ahora, nada más.

Devolvió la cámara y se enfundó los guantes de látex. Se agachó delante de los cadáveres y revisó los bolsillos de la americana del joven: encontró un teléfono móvil, la cartera, un manojo de llaves y un bolígrafo mordisqueado. Dentro de la cartera había varias tarjetas que lo identificaban como Jun Tanaka, de 22 años y estudiante de Ingeniería Informática en la Universidad de Tokio. Guardó las pruebas en una bolsa de plástico transparente y las apartó con cuidado. En el bolsillo del pantalón no halló nada más que un pañuelo moqueado, que también registró como prueba. Palpó el cuerpo a conciencia, sin éxito.

El bolso de la mujer contenía varios pintalabios, un botecito de crema hidratante, pañuelos con publicidad, llaves, una compresa y la cartera. La muchacha se llamaba Reiko Abe y tenía 23 años. Según su tarjeta universitaria cursaba Derecho en la Universidad de Waseda. Satoru siguió clasificando los objetos en bolsitas transparentes. A continuación palpó los bolsillos del grueso abrigo y los recovecos de la blusa azul. Nada. Palpó y palpó, y cuando ya estaba a punto de darse por vencido, sus dedos enguantados serpentearon por entre la ropa interior y tocaron un papel doblado entre una maraña de vello púbico. Lo sacó cuidadosamente y lo abrió: era una nota de suicidio impresa. Decía así:

“Las sombras nos persiguen día y noche, nunca dan tregua, nunca menguan. En esta misma oscuridad encomendamos nuestros cuerpos a la muerte, de manera voluntaria. Con este cuchillo Reiko cercenará su cuello y Jun se abrirá el corazón. Juntos en vida. Juntos en muerte”.

Satoru leyó la nota en voz alta ante la atenta mirada de sus compañeros policías. No había duda de que las pruebas remitían a un suicidio bien orquestado. Sin embargo, un instinto policial irracional le avisaba de que algo no encajaba.

*El koban es una pequeña comisaría de barrio.

1 Comment

  1. Esperando la siguente entrega.Engancha.

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