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Desperté acuciada por las pesadillas. Me visitaban todas las noches, instándome a hacerlo. Ya había comprado la pistola, pero la tenía bajo llave en el fondo del cajón más oscuro. A mi lado dormía mi marido, asistido por los somníferos que yo había mezclado en su copa de whisky escocés.

Me levanté de la cama de puntillas y salí de la habitación. El único sonido que se escuchaba era el frufrú del camisón al deslizarse por las escaleras de caracol que daban al sótano. Abrí la puerta chirriante y observé a la amante de mi esposo. Sufría una herida en la cabeza, resultado de su tozuda resistencia. Y pese a ello, yacía allí  inerte, sumida en el profundo letargo de las drogas. A mi merced.

La arrastré por las escaleras con esfuerzo; la acosté junto a mi marido. Cogí el arma del cajón y esperé pacientemente a que despertaran. Juan abrió los ojos primero. Antes de que reaccionara tomé la pistola y apreté el gatillo. Los sesos se desparramaron por la cama y la pared. El cuerpo quedó tendido, con la cabeza maltrecha apoyada en la almohada y las piernas en una posición antinatural. La amante se despertó alarmada y vio el cañón apuntándola directamente. Disparé primero al hombro. Gritó. Suplicó. Comprendió. A continuación dirigí la mirilla al corazón, sintiendo el bombeo de la sangre; los latidos rápidos y nerviosos. Un disparo más, un breve quejido. Las palpitaciones cesaron.

Leí en la prensa que la policía había encontrado los cuerpos rígidos unos días después de los asesinatos. Por aquel entonces yo ya estaba fuera del país, lucía nuevo peinado y  un nombre más largo y exótico. Nadie sospecharía jamás de la alegre y vivaracha muchacha que sonreía a todo el mundo.