Borja Ruete

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Ciudadanos y ciudadanas

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La corrupción en España no cesa. Se ha institucionalizado como una organización criminal que afecta, sobre todo, a los dos principales partidos estatales. Y hasta la Corona se ha visto enfangada. Mientras golfos y presuntos gángsters campan a sus anchas, y aludo aquí a los Bárcenas, Ratos, Barberás y Urdangarines, el país se ha sumido en el más profundo de los lodazales, muy próximo a la quiebra económica y social. Pero la corrupción de los dineros y las adjudicaciones no es lo único que la política ha emponzoñado: una de las grandes damnificadas es la lengua.

De un tiempo a esta parte, lo políticamente correcto ha subyugado el discurso. Las palabras se disfrazan mediante eufemismos que confunden e intentan engañar a las personas: así, el término “movilidad exterior” es una manera vedada de referirse a la “fuga de cerebros”, mientras que “procedimiento de ejecución hipotecaria” hace lo propio con “desahucio”. No dudo que Frank Underwood, protagonista de House of Cards, estaría de acuerdo en valerse de estas triquiñuelas si le sirvieran para lograr sus fines. Pero al menos Frank emplea un inglés pulcro e inmaculado. Algo que no siempre se puede decir del uso que los políticos hacen del español.

La economía del lenguaje no se respeta. En lugar de facilitar la comunicación da la impresión de que se pretende justo lo contrario. Está llena de palabras superfluas y oraciones rimbombantes que enturbian la comprensión. Además, en los últimos años, hay una tendencia a trasladar la igualdad de género también a la lengua; de ese modo, los discursos se eternizan resaltando el género innecesariamente: “ciudadanos y ciudadanas”, “chicos y chicas” o la tristemente celebérrima “miembros y miembras”, firmada por la ex ministra socialista, Bibiana Aído.

Lo del desdoblamiento de género es una mamandurria, como diría Esperanza Aguirre. El masculino, en nuestra lengua, es el género no marcado. Nace como herramienta y compañera inseparable de la llamada ley del mínimo esfuerzo. La economía. Si uno de los objetivos de la comunicación es entendernos, es lógico pensar que se requieran mecanismos para facilitar dicha comprensión. La idea de igualdad es necesaria en la sociedad, pero no se puede extrapolar a la lengua.

En el día a día, más allá de las arrobas en ciertos textos informales, no creo que se haya extendido a la comunicación cotidiana. Simplemente porque es un obstáculo, un coñazo. Por más que la política se empeñe y que los medios de comunicación hayan sucumbido también a ello, es el uso de los hablantes lo que hace evolucionar una lengua. No obstante, las elites políticas y el periodismo tienen la responsabilidad de salvaguardar los buenos usos. Y eso a pesar del desprestigio que sufren actualmente ambas profesiones, pues el modo en el que ellos hablan repercute directamente en la población. Bien harían en recordarlo.

3 Comments

  1. Muchas gracias por el artículo, por fin alguien que escribe en condiciones sobre este tema. Saludos

  2. Si bien es verdad que la repetición de cada palabra en ocasiones puede hacer más larga y dificultosa la comprensión, hay que tener en cuenta que si la lengua está cambiando es porque la sociedad está cambiando y busca nuevas formas de expresar una realidad. Puede que decir continuamente “ciudadanos y ciudadanas ” no sea la mejor opción, ya que, como bien dices, no se respeta la economía de la lengua, que es la que nos permite expresarnos con claridad. Sin embargo, creo que es un paso hacia un lenguaje donde el femenino adquiera más presencia y menos exclusividad y que tiene su razón de ser en que las mujeres han ido adquiriendo más protagonismo en la vida pública.
    Y por favor no digas que “el sexismo en el lenguaje es una mamandurria”, porque el sexismo existe, en la lengua y en la sociedad. Tú mismo lo has demostrado utilizando la palabra “coñazo”.

    • Hola Sara:

      Gracias por leerme. Entiendo que el tema es espinoso y ciertamente sensible porque el sexismo existe en la sociedad. Sin embargo, no estoy para nada de acuerdo con que la lengua sea sexista en lo que se refiere al género no marcado. Sin embargo, quizá me haya explicado mal en el artículo, puesto que sí hay usos verbales que pueden considerarse sexistas. Por eso, reconozco el error en el texto y te agradezco que hayas intervenido para que pudiera reflexionar un poco más. He editado esa parte.

      Con todo, te recomiendo la lectura que el lingüista Ignacio Bosque elaboró para la RAE,precisamente para combatir algunos aspectos de las llamadas “Guías del lenguaje no sexista”:

      http://www.rae.es/sites/default/files/Sexismo_linguistico_y_visibilidad_de_la_mujer_0.pdf

      Quiero puntualizar que cuando digo que es “un coñazo” me refiero al hecho de desdoblar el género. Y es un coñazo porque el discurso se alarga innecesariamente. La lengua tiende siempre a simplificarse, por lo que me resultaría extraño que se rompiera con el uso no marcado en la conversación cotidiana. De hecho, creo que no está ocurriendo, ya que pocos dicen (más allá de en la política/prensa) : “he quedado con mis amigos y amigas”; “mis profesores y profesoras me ayudaron mucho”; “hoy me voy de copas con mis compañeros y compañeras del trabajo”. Y si te refieres al término “coñazo” en sí, su origen se remonta el siglo XX: en 1920 se estrenó de manera clandestina una película de título “El coñazo”, en la cual los protagonistas entraban dentro de un órganos reproductor femenino gigante. Era tan aburrida que el término “coñazo”, en alusión al título de la película, adquirió la semántica que tiene hoy en día.

      Y es cierto que el español se ha desarrollado al calor de una sociedad patriarcal, pero los cambios de la lengua los decide el uso y no el cambio por decreto o los registros de la RAE. Es lógico pensar que los géneros femeninos se van a desarrollar ahora que ellas ejercen profesiones que tradicionalmente las han llevado a cabo hombres. Pero ese desarrollo se producirá de manera natural, no forzada.

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